Ah, la Universidad Autónoma de Aguascalientes (UAA), ese faro de luz académica que hoy parece más bien el Titanic, pero con un capitán que llegó al puente de mando por pura casualidad. Juan Carlos Arredondo, el hombre que lleva casi 34 años cobrando religiosamente en la nómina de la institución desde que se graduó en 1992, un día se levantó, miró a su alrededor y tuvo una epifanía digna de un mártir de caricatura.
Según sus propias, inspiradoras y desastrosamente sinceras palabras, su gran motivación para buscar el puesto más alto de la universidad fue que "percibía en el entorno un poco de desánimo, un poco de frustración". ¡Qué nivel de análisis estratégico! Casi podemos imaginarlo tomando su café y diciendo: "Pues vi a la raza medio triste y dije, ¿por qué no me inscribo para la rectoría a ver qué chicle pega?". Su argumento más sólido fue que pensó "que era importante participar y no nada más estar desde la barrera haciendo crítica". Se anotó al concurso de popularidad, ganó, y ahora tiene la mirada perdida de un ciervo encandilado a mitad de la carretera. No sabe qué hacer, está desorientado, y su gran hazaña es que absolutamente todo siga igual.
Lo trágico (o cómico, si tienes el estómago para el humor negro) es que el flamante rector ahora tiene el timón, pero como buen improvisado, la nave le queda grande. Mientras la universidad —como bien señalas— se hunde poco a poco entre desfalcos de los que nadie rinde cuentas, Arredondo prefiere mirar hacia otro lado. De hecho, se ha lavado las manos expresando su profundo "respeto por las administraciones anteriores", justificándolas con la patética excusa de que "no es fácil estar en esta función". ¡Claro que las respeta! Nada como la "complicidad" que encubrir el desastre de tus predecesores y fingir demencia. La UAA hace agua por todos lados, y el silencio institucional lo convierte en el cómplice perfecto de este naufragio.
¿Y cuál es el plan maestro de nuestro litigante laboral con más de 20 años de experiencia para sacar a la UAA de la miseria? ¿Auditorías? ¿Exigir justicia? ¿Transparencia? ¡Por supuesto que no! Su gran panacea es fomentar una "cultura de paz" y preocuparse por la "salud mental". Básicamente: si el presupuesto desaparece mágicamente, respira profundo, haz yoga y encuentra tu paz interior.
Y si la meditación no funciona, no te preocupes, porque el rector está listo para sudar la gota gorda... pero en la cancha. Con un entusiasmo que raya en el cinismo absoluto, Arredondo asegura que si los estudiantes organizan un maratón, él lo corre; y si lo invitan, juega voleibol, basquetbol, "lo que sea". ¡Aleluya! Las arcas pueden estar vacías y el nivel académico tambaleándose, pero al menos tenemos a un rector dispuesto a dar el remate perfecto en la "Gallos World Cup".
Para cerrar con broche de oro esta sátira viviente, nuestro modesto e improvisado académico afirma con falsa humildad que él solo representa a la institución y que "no es un tema para que en forma personal yo tenga una publicidad". Y tiene toda la razón: no está ganando publicidad por su brillante gestión o su combate a la corrupción, sino por ser el sujeto que, mientras la universidad se va a pique hacia el abismo, está demasiado ocupado inflando un balón de voleibol para darse cuenta.
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