Mientras la Secretaría de Seguridad presume tener el GPS bajo absoluto control, el empresario consentido del balasto acumula millas de viajero frecuente, transferencias a Zúrich y el cobijo de la amnesia institucional.
La inteligencia gubernamental mexicana ha alcanzado un nuevo hito de eficiencia surrealista. El secretario de Seguridad y Protección Ciudadana, Omar García Harfuch, ofreció una peculiar lección de tranquilidad tras reunirse a puerta cerrada con la Junta de Coordinación Política del Senado: el empresario tabasqueño Jorge Amílcar Olán —señalado por presunto lavado de dinero y célebre por su entrañable cercanía con los hijos del expresidente López Obrador— está, según “los últimos reportes”, perfectamente “ubicable”.
Que esté “ubicable” no significa, desde luego, que alguien planee molestarlo con una orden de aprehensión o una extradición. Faltaba más. Mientras las agencias del Estado afirman tener el mapa bajo absoluto control, el señor Olán ha protagonizado un vertiginoso periplo internacional, abandonando su cómodo refugio en Lugano, Suiza, con destino hacia los rascacielos de Dubái. Resulta fascinante que las autoridades sepan exactamente dónde se encuentra un prisionero de la opinión pública mientras este acumula millas de viajero frecuente cruzando continentes.
El dron periodístico vs. la ceguera institucional
La logística de esta cacería roza el melodrama cómico. Para localizar la residencia de Olán en territorio suizo no hicieron falta complejos despliegues de la Interpol ni sofisticados algoritmos de inteligencia militar. Bastó una llamada anónima a un noticiero y la tenacidad del reportero Irving Pineda, quien con un dron y un lente especial vigiló el domicilio durante una semana hasta captar al empresario recogiendo a su hijo en el colegio. (esta es la versión mediática pero la verdad es otra)
Y es que, ¿para qué enviar agentes a Suiza si las pistas financieras eran tan discretas como un fuego artificial? Entre los hallazgos rastreados por la Unidad de Inteligencia Financiera (UIF) e investigaciones periodísticas sobresale una transferencia de 1,400 millones de pesos realizada por su hermana, Gina Olán, hacia Suiza, sumada a una jugosa cuenta de inversión con 72 millones de euros aparcada pacientemente en el banco UBS en Zúrich. Apenas lo necesario para los viáticos del retiro.
'No hay nada': el refinado arte de investigar sin molestar
El verdadero toque de humor negro en este caso es el ejercicio de amnesia institucional. Mientras la organización Mexicanos Contra la Corrupción y la Impunidad (MCCI) exhibe grabaciones donde Olán detalla instrucciones directas de Gonzalo López Beltrán (“Bobby”) para producir 500 mil metros cúbicos de balasto, o audios de su hermano presumiendo contactos con Iván Cazarín Molina, alias “El Tanque” (operador del CJNG detenido en Zapopan) para frenar extorsiones en el Tren Maya, las autoridades judiciales permanecen imperturbables.
La fiscal general Ernestina Godoy despachó el asunto con un categórico “No, no hay nada” al ser cuestionada sobre órdenes de captura contra el magnate del balasto. Por su parte, la Secretaría de Hacienda y la propia Fiscalía General de la República (FGR) han descartado mantener averiguaciones abiertas o contar con “fuerza legal necesaria” para actuar. Así opera el rigor de la justicia: se admite que los audios están incorporados a carpetas por la detención de criminales regionales, pero no hay delito, no hay imputación directa y, sobre todo, no hay prisa.
Un próspero imperio a la sombra del bienestar
Resulta conmovedor recordar cómo floreció esta fortuna. Distintas investigaciones recuerdan que Amílcar Olán construyó su bonanza al amparo de las obras emblemáticas del sexenio pasado: facturando al sector salud estatal mediante su empresa Romedic, vendiendo balasto para el Tren Maya y el Tren Interoceánico, y metiendo mano en Pemex y la refinería de Dos Bocas.
Hoy, con los bolsillos llenos y las cuentas blindadas en Europa, Olán puede contemplar el desierto de Dubái con absoluta paz mental, sabiendo que, aunque Harfuch sostenga con firmeza que “está ubicable”, en México las autoridades están demasiado ocupadas ubicándolo... como para ir por él.
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