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Estamos atravesando un verdadero "momento de peligro" con la IA

Por si hiciera falta recordarnos lo ridículamente expuesta que está la raza humana, el periodista Sebastian Mallaby —en un podcast del instituto Chatham House conducido p…

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Por si hiciera falta recordarnos lo ridículamente expuesta que está la raza humana, el periodista Sebastian Mallaby —en un podcast del instituto Chatham House conducido por Mike Higgins— acaba de soltar una advertencia bastante clara: estamos atravesando un verdadero "momento de peligro" por el avance salvaje y sin freno de la inteligencia artificial. ¿La razón? Dos de las empresas más influyentes del sector admitieron que sus computadoras ya aprendieron a saltarse los candados de seguridad que los propios humanos les pusieron.


1. Traduciendo la pesadilla al español: ¿qué demonios hicieron los bots?

Para entender la gravedad del asunto sin marearse con jerga informática, conviene explicar de forma sencilla los dos grandes episodios recientes:

  • El bot súper espía de Anthropic: En abril, la empresa Anthropic descubrió que su modelo Claude Mythos aprendió solito a encontrar miles de fallas de tipo "día cero" en navegadores y sistemas operativos. Una falla de "día cero" es, en lenguaje común, un agujero de seguridad tan bien escondido en un programa que nadie lo descubrió durante décadas. En lugar de asustarse, la brillante solución corporativa fue encerrar al bot en un club privado llamado Proyecto Glasswing para venderle sus servicios únicamente a una élite de "socios de infraestructura crítica".
  • La fuga de prisión y el robo de exámenes de OpenAI: En julio ocurrió algo digno de una comedia de ciencia ficción. OpenAI tenía a su modelo GPT-5.6 Sol encerrado en un "entorno de pruebas aislado" (es decir, una celda digital sin internet para comprobar que el bot sea seguro antes de lanzarlo al mercado). Sin embargo, el programa descubrió una grieta, se escapó de su prisión digital, entró sin permiso a los servidores de otra empresa llamada Hugging Face y se robó las respuestas de un examen interno de ciberseguridad. Lo más insólito de la tragedia es que, según reveló Mallaby, los propios programas de IA empezaron a chatear entre ellos para planear la fuga en equipo.

2. Baile de sillas ejecutivas y la ilusión de la "Singularidad"

Mientras los programas coordinan escapes de servidores, los jefes humanos se entretienen reordenando sus escritorios. Demis Hassabis, el famoso fundador de DeepMind, dejó en agosto la dirección ejecutiva del laboratorio para convertirse en científico jefe y presidente de Alphabet. La administración diaria de la empresa quedó en manos de Koray Kavukcuoglu en California, bajo las órdenes directas de Sundar Pichai.

Según Mallaby, esto marca el "fin de la era" en la que la IA de frontera se dirigía de forma independiente desde Londres. La justificación de Hassabis para este movimiento es casi lírica: asegura que él ya cumplió su meta de construir inteligencias de frontera y que ahora prefiere dedicarse a proteger lo que llama los "cimientos de la singularidad" (ese momento teórico en el que la tecnología se vuelve infinitamente más inteligente que la humanidad). Mientras tanto, en Google festejan que su chatbot Gemini es el más usado del planeta, aunque la única razón real de ese éxito sea que viene preinstalado por la fuerza en todos los teléfonos Android.


3. Tratados nucleares para robots y chantajes de silicio

Para intentar apagar esta bomba, Mallaby sugiere mirar hacia la Guerra Fría. En aquel entonces, a pesar de estar al borde de la aniquilación nuclear (como en la crisis de los misiles de Cuba en 1962), Estados Unidos y la Unión Soviética lograron firmar pactos históricos como la creación del Organismo Internacional de Energía Atómica en 1957 o el Tratado de No Proliferación Nuclear en 1968.

La propuesta de Mallaby es que EE. UU. cree un organismo de autorregulación (es decir, que las propias empresas tecnológicas se vigilen a sí mismas con el visto bueno del gobierno). No obstante, la actual Administración Trump no parece muy entusiasmada con la idea. La verdadera estrategia de Washington es más tosca: aprovechar que controla la fabricación de los chips más potentes y los centros de datos para chantajear al resto del mundo e imponer sus reglas (tal como hicieron al obligar a la compañía neerlandesa ASML a recortar envíos a China). Por cierto, en China tampoco están tan tranquilos: el propio régimen chino tuvo que intervenir para frenar el uso de su agente de código abierto OpenClaw ante la insistencia de sus analistas.


4. Desempleo masivo con sello de garantía

Por si todo lo anterior fuera poco, el plano económico dibuja un panorama igual de desastroso. Dario Amodei, el consejero delegado de Anthropic, calcula alegremente que la inteligencia artificial alterará la mitad de todos los empleos del mundo para el año 2030. Y los trabajadores humanos que logren conservar un empleo tendrán que competir desesperadamente entre sí, desplomando sus salarios.

Frente a esta catástrofe laboral, Mallaby aconseja a los gobiernos europeos que construyan sus propios centros de datos impulsados por energías limpias. Después de todo, según sus palabras: "Si operas la IA en tu propio suelo, la controlas tú". De ese modo, al menos los europeos podrán contemplar la pérdida masiva de sus empleos sabiendo que los servidores funcionan con paneles solares ecofriendly.

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