El iluso régimen de Teherán pretendía resolver la crisis de navegación mediante un modesto cronograma de siete días tramitado por la mediación de Qatar. La oferta iraní no pedía casi nada: apenas el levantamiento del bloqueo naval contra sus puertos, la suspensión de las sanciones sobre sus ventas de crudo, la liberación de sus activos congelados y un alto el fuego en la región. Incluso el canciller iraní, Abbas Araqchi, detalló con esmero que el tráfico marítimo se restablecería al sexto día y que al séptimo comenzarían nuevas conversaciones diplomáticas. Sin embargo, la diplomacia estadounidense dejó en claro que la eficiencia semanal carece de encanto si no incluye la rendición incondicional del adversario.
Fiel a su depurado estilo de negociación, Trump despachó la iniciativa con una pieza de oratoria memorable: «Quieren llegar a un acuerdo, y creo que está bien. A mí también me gustaría llegar a un acuerdo. Pero ese acuerdo no sería aceptable». El mandatario estadounidense exigió que Irán reabra de inmediato la arteria marítima, argumentando que Teherán no tiene derecho a seguir percibiendo ingresos mientras la soga de las sanciones continúe apretando su economía. Para rematar el clima de pacificación, la Casa Blanca anticipó posibles contactos para esta semana, al tiempo que evalúa «muy seriamente» retomar los bombardeos contra objetivos militares en suelo iraní.
Del lado persa, la respuesta osciló entre la indignación y la obviedad. Araqchi garantizó que en Teherán no aceptarán «la coerción, las amenazas ni la intimidación», mientras que el presidente Masoud Pezeshkian resumió la confianza mutua al admitir que no tienen fe alguna en la parte estadounidense. Mientras la alta política intercambia ultimátums y amagos de bombardeo, la navegación por Ormuz se convirtió en un desierto acuático: durante un fin de semana reciente, apenas 17 buques de materias primas lograron atravesar el estrecho, una cifra paupérrima frente a los 37 de la semana anterior y al promedio histórico prebélico de 125 barcos diarios.
Para aderezar la tragedia con comedia doméstica, los consumidores estadounidenses celebran que los precios del diésel en su país hayan alcanzado récords históricos debido a los conflictos en Medio Oriente y Europa. Como brillante maniobra económica, Trump contempla «muy seriamente» prohibir las exportaciones estadounidenses de diésel. Al fin y al cabo, cuando la economía global amenaza con colapsar por tensiones energéticas, no hay nada más reconfortante que amagar con cerrar más grifos comerciales, desempolvar los planes de ataque y observar alegremente cómo la cotización del petróleo pulveriza la barrera de los 106 dólares.
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