Circo electoral en Brasil

A escasos días de la primera vuelta de las elecciones presidenciales en Brasil, el panorama político ofrece la fascinante paradoja de un ...
A escasos días de la primera vuelta de las elecciones presidenciales en Brasil, el panorama político ofrece la fascinante paradoja de un país atrapado entre la nostalgia gerontocrática de Luiz Inácio Lula da Silva y el nepotismo hereditario de Flávio Bolsonaro. Con encuestas que insisten en maquillar la incertidumbre y un balotaje de infarto en el horizonte, el verdadero misterio no es quién ganará, sino cómo sobrevivirá la ciudadanía a semejante espectáculo.

Prohibiciones de última hora y jugadas de casino

Con la desbordante energía que otorgan sus 80 años y la ambición intacta por un cuarto mandato, el presidente Lula da Silva decidió que la solución definitiva para encarar los comicios del 4 de octubre consistía en prohibir, mediante un oportuno decreto provisional, las apuestas y casinos en línea ("bets"). La maniobra —calificada de desesperado manotazo electoralista por la oposición e indignada bandera de protesta para los clubes de fútbol dependientes de ese patrocinio— le rindió los dividendos justos para arañar dos puntos y ubicarse en un 39% de intención de voto según el sondeo de Quaest.

Aparentemente, quitarle el entretenimiento digital a la clase trabajadora es el ingrediente secreto para estirar la ventaja en las urnas, aunque el margen de error de dos puntos porcentuales recuerde que la alegría oficialista cabe dentro de un error estadístico.

El heredero de la condena y el evangelio del apellido

Del otro lado de la grieta se erige Flávio Bolsonaro, un senador de 45 años cuya mayor credencial para el sillón presidencial consiste en portar un apellido ilustre, habilitado únicamente porque su padre, Jair Bolsonaro, cumple una condena de 27 años de prisión por liderar una trama golpista tras su derrota en 2022 y permanece inhabilitado políticamente hasta 2030 bajo prisión domiciliaria.

Ubicado en un 34% de preferencia bajo las siglas del Partido Liberal (PL), el menor de los Bolsonaro acusa al gobierno de cinismo regulatorio, mientras su hermano Eduardo proclama en arrebatos de fe que ganarán en primera vuelta y el propio candidato reta a Lula a debates televisivos para "restregarle verdades".

El chiste del balotaje y el fantasma de 2022

El verdadero broche de oro de esta comedia negra se proyecta para el eventual balotaje del 25 de octubre. Pese al triunfalismo del Partido de los Trabajadores por sus cinco puntos de ventaja en el primer turno, en la segunda vuelta Lula y Flávio Bolsonaro registran un empate técnico absoluto con el 42% de los votos cada uno.

Todo esto ocurre mientras el 49% de los brasileños desaprueba abiertamente la gestión de Lula —frente a un modesto 46% de aprobación—, en un universo de 158 millones de electores convocados donde conviven un 5% de indecisos y un 10% de apáticos que optarán por el blanco, el nulo o la abstención. Con el recuerdo latente de las elecciones de 2022, donde las encuestadoras subestimaron estrepitosamente la fuerza real del bolsonarismo, el destino político de Brasil promete definirse, irónicamente, en una ruleta rusa donde nadie tiene la apuesta asegurada.

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