En un nuevo y conmovedor capítulo de la diplomacia, la administración de Donald Trump ha decidido aplicarle la "ley del hielo" a la embajadora de Brasil en Washington, Maria Luiza Ribeiro Viotti, revocándole su visa de entrada. Porque, claro, nada como quitarle el boleto de entrada a la fiesta a la diplomática del vecino solo porque este no quiere dejar jugar a tu amigo en su patio.
La Casa Blanca, con esa finura y sutileza que la caracteriza, aclaró de inmediato que esto no es una expulsión. ¡Vaya alivio! No la están echando a patadas en la frontera; simplemente la están dejando en un limbo migratorio donde técnicamente puede quedarse a mirar las paredes de su residencia, pero sin el papelito mágico que le permite trabajar o salir a comprar pan con tranquilidad. Según un alto funcionario anónimo del Departamento de Estado, la visa se le devolverá tan pronto como el gobierno de Luiz Inácio Lula da Silva decida "restablecer el equilibrio". ¿Y cómo se restablece la armonía cósmica según el manual de Washington? Otorgándole el sacrosanto agrément (o beneplácito, para los mortales) al nominado de Trump para la embajada en Brasilia.
¿Y quién es el codiciado muñeco de pastel de esta disputa?
El objeto de este berrinche diplomático de escala continental es Daniel Pérez, un legislador estatal de Florida cuyo mérito principal para liderar la embajada estadounidense en la mayor economía de América Latina parece ser su entrañable lazo de amistad con el mismísimo secretario de Estado, Marco Rubio. Trump lo nominó con bombos y platillos el pasado 1 de junio, y al parecer en Washington esperaban que Lula y su cancillería lo aprobaran de inmediato. Pero como en Brasilia decidieron tomarse su tiempo —ese que los diplomáticos suelen llamar "tiempos habituales" de revisión y que Washington ahora considera una ofensa nacional imperdonable— la paciencia estadounidense se agotó.
Además, el Departamento de Estado se queja amargamente de que sus propios funcionarios están siendo "privados" de hacer su "trabajo rutinario y habitual" en Brasil porque no les dan las visas correspondientes. Uno casi puede escuchar los violines sonando de fondo por los burócratas de Washington que no pueden viajar a Brasilia a hacer... lo que sea que hagan los diplomáticos cuando nadie los ve.
"No nos dejas vigilar tus elecciones, así que te quitamos la visa"
El verdadero trasfondo de este amoroso intercambio es aún más delicioso. A finales de julio, Brasil tuvo la osadía de cerrarle la puerta en la cara a los inspectores de la Oficina de Democracia, Derechos Humanos y Trabajo del Departamento de Estado. Los brasileños, sumamente paranoicos, argumentaron que estos observadores solo querían meter las manos en sus elecciones presidenciales de octubre y sembrar dudas sobre su sistema de votación.
Por ahora, la embajadora Viotti tendrá que ver los desfiles de Washington desde su ventana, mientras la silla de la embajada estadounidense en Brasilia sigue acumulando polvo a la espera de que Lula decida si le abre la puerta al embajador norteamericano.
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