Sentimos herir tu orgullo nacional, pero la respuesta de la ciencia es un rotundo y decepcionante "no". Ambos sistemas son completamente independientes y operan a miles de kilómetros de distancia. Así es, la Tierra no conspira en tu contra (al menos no usando a Perú como intermediario).
Un divorcio tectónico de 23 millones de años
Para entender por qué no deberías culpar a los incas de tu próximo ataque de pánico, hay que recordar que la corteza terrestre es un rompecabezas de 16 bloques rígidos llamados placas tectónicas.
Mientras que el sismo en Ayacucho responde a la interacción entre la Placa de Nazca y la Sudamericana —donde Nazca se introduce bajo el continente a una velocidad de 6 a 10 centímetros por año—, el territorio mexicano se asienta sobre su propio grupo de cinco placas: la Norteamericana, la del Pacífico, la del Caribe, y las oceánicas de Cocos y Rivera.
Es verdad que la Placa de Cocos y la de Nazca compartieron un pasado común hace aproximadamente 23 millones de años, cuando ambas nacieron de la fragmentación de la antigua Placa Farallón. Pero hoy en día, su único punto de contacto es la Dorsal de Galápagos, una zona de separación, no de colisión. Son como dos exes que se bloquearon de redes sociales: un sismo en la interfaz Nazca-Sudamericana no le transfiere energía a la interfaz Cocos-Norteamericana. No hay mecanismos físicos de transmisión directa; son circuitos tectónicos completamente separados.
Sismicidad mexicana: 100% orgánica y artesanal
Así que, si vives en la codiciada costa del Pacífico (Jalisco, Guerrero, Oaxaca, Michoacán, Chiapas o Colima) —zona que se clasifica en la categoría "severa" debido a su alta intensidad y frecuencia sísmica—, no tienes que mirar hacia el sur buscando culpables. Nuestros temblores son de producción local gracias a la Fosa Mesoamericana, donde las placas de Cocos y Rivera chocan de frente con la Norteamericana.
De hecho, México tiene un historial estelar de destrucción propia sin necesidad de ayuda extranjera. Contamos con el sismo del 3 de junio de 1932 en las costas de Jalisco con una magnitud de 8.2 (el más grande registrado en el país durante el siglo XX), y el inolvidable terremoto del 19 de septiembre de 1985 de magnitud 8.1, que a pesar de tener su epicentro en Michoacán, decidió ensañarse con la Ciudad de México a más de 200 kilómetros de distancia. Ambos desastres fueron producto exclusivo de la Placa de Cocos, demostrando que nuestro sistema es sumamente autosuficiente y no espera señales de Sudamérica para moverse.
Por lo tanto, ya puedes ir guardando el bolillo para el susto y apagar tu ansiedad preventiva ante los memes que inundan las redes sociales. El terremoto de Perú no va a adelantar el temido septiembre. Tendrás que esperar pacientemente a que llegue el mes patrio para que la sismicidad nacional, con su soberanía intacta, decida recordarte lo insignificante que eres frente a la naturaleza por cuenta propia.
