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Exportaciones mexicanas en riesgo por revisión anual del TMEC

Durante décadas, el plan maestro de la economía mexicana brilló por su adorable e infantil simplicidad: "construye aquí, vende en Estados Unidos". Un plan impeca…

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Durante décadas, el plan maestro de la economía mexicana brilló por su adorable e infantil simplicidad: "construye aquí, vende en Estados Unidos". Un plan impecable que solo requería que el gigante hiperactivo de al lado no cambiara de humor. Pero, ¡sorpresa! La brillante genialidad de Donald Trump de someter el T-MEC a revisiones anuales ha convertido ese cómodo colchón en una divertida ruleta rusa de aranceles, reglas de origen y caprichos de temporada.

Para México, un país que padece una excesiva y peligrosa dependencia comercial que lo obliga a mandar aproximadamente el 80% de sus exportaciones al norte, este juego anual es la receta perfecta para el infarto crónico. Mientras que para Estados Unidos sus exportaciones representan un tímido 11% de su PIB, para el orgullo azteca representan un brutal 40% de su PIB. El veredicto de los expertos es devastadoramente obvio: somos oficialmente el país más vulnerable del planeta a cualquier berrinche comercial de Washington. Todo un éxito de la planeación nacional.

¿Y el famoso, hiperventilado y milagroso nearshoring? Pues bien, gracias. El verdadero impacto del "efecto Trump" no será un colapso ruidoso, sino un fantasmagórico silencio: el de las inversiones que simplemente nunca llegarán, las cadenas de suministro que se establecerán en lugares más amigables y un sistema de coproducción que morirá lentamente. De hecho, los grandes ejecutivos automotrices ya están aplicando la sabia técnica de guardar su dinero bajo el colchón y postergar cualquier modernización tecnológica; después de todo, fabricar vehículos sin saber si podrás cruzarlos a Texas no parece el negocio del siglo.

Esto le cae de perlas a la presidenta Claudia Sheinbaum, quien necesita urgentemente toneladas de capital privado para reactivar un crecimiento estancado y, de paso, seguir financiando los generosos programas del Bienestar. Esos mismos programas que su antecesor expandió alegremente a un ritmo mucho más rápido de lo que crece la economía en su conjunto. Pero no hay de qué preocuparse: la presidenta ya insistió en que no le preocupa en absoluto lo que pueda ocurrir con la economía mexicana. Su plan para impulsar el crecimiento, basado en atraer inversión privada, todavía no da resultados significativos, pero la fe es lo último que se muere.

Mientras tanto, los datos oficiales del INEGI —esos aguafiestas de siempre— nos recuerdan que la inversión fija acumuló la vergonzosa cantidad de 19 meses consecutivos de contracción, con una caída del 3% en marzo y un retroceso de casi el 5% en la inversión privada. Aquel omnipresente entusiasmo por el nearshoring que nos iba a convertir en potencia mundial se ha enfriado tanto que ya parece un café olvidado en el refrigerador.

¡Que inicien las revisiones anuales! Después de todo, ¿a quién no le gusta vivir con la maleta hecha y el estómago en la boca los 365 días del año?

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