Gracias a la bendita laxitud de la legislación mexicana, que prefiere mantenerse al margen en una cómoda "zona gris", diversas asociaciones civiles e instituciones privadas con nombres tan rimbombantes como el OMLID, el CDHC y el Claustro Internacional se han consagrado como las alcahuetas oficiales del prestigio prepagado. Su noble misión: rescatar del anonimato intelectual a la clase política hambrienta de títulos, así como a empresarios, influencers, profesionistas y líderes religiosos urgidos de un barniz de respetabilidad social.
El sofisticado modus operandi académico es sumamente sencillo: se lanzan decenas de invitaciones a cualquiera que tenga una cartera dispuesta a cooperar. Una vez liquidado el arancel de la vanidad, la prestigiosa investidura se lleva a cabo en el más sagrado de los templos del saber: el salón de eventos de un hotel, un auditorio o un salón privado. Allí, entre bocadillos y aire acondicionado, se le hace entrega de su toga, su birrete y un pomposo diploma que certifica su súbita e indiscutible genialidad.
Esta devaluación exprés ha provocado un divertido fenómeno: paradójicamente, quienes reciben un Doctorado Honoris Causa legítimo cada vez presumen menos esa distinción. Como advierte con fina ironía la investigadora de Cinvestav, Alma Maldonado, presumir un doctorado real hoy en día es arriesgarse a ser confundido con la marea de "doctores de hotel" que compraron su título al chasquido de un billete. El valor de una distinción académica construida durante décadas se ha degradado tanto que los verdaderos académicos prefieren esconder el título antes de que los confundan con la farándula política.
Lamentablemente, mientras el Senado amaga con ir contra este negocio impune, el "prestigio" sigue en oferta de temporada. Así que prepare su cartera, elija su mejor perfil para la foto de Instagram y ensaye su discurso de agradecimiento. Al fin y al cabo, el conocimiento es relativo, pero una foto con birrete dura para siempre.
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