En este espacio hemos criticado los boletines convencionales, esos que pueden torcer la realidad y la verdad de maneras abiertamente esquizofrénicas, pero los boletines epidemiológicos y los certificados de defunción tienen una narrativa un poco más... asfixiante, por decirlo de alguna manera. Y es que, mientras otras áreas nos venden un futuro brillante que sólo existe en sus párrafos, las estadísticas oficiales y que no se pueden modificar prefieren documentar un presente que parece sacado de un libro de plagas.
Empecemos por el romance. Si pensaban que la pasión se había apagado en el estado, se equivocan rotundamente: en 2025 alcanzamos el mayor número de diagnósticos de VIH en más de una década. Además, rompimos nuestro propio récord en gonorrea y mantenemos una envidiable constancia con la sífilis, que ahora nos la ofrecen en su versión "congénita" para que los recién nacidos tampoco se queden fuera de la estadística. Nada dice "estrategias de prevención exitosas" como un aumento simultáneo de enfermedades de transmisión sexual que avanzan sigilosamente mientras las autoridades miran hacia otro lado.
Pero no todo es amor, también hay aventura tropical. ¿Recuerdan esos tiempos aburridos en los que el dengue era un problema exclusivo de estados costeros y aquí se controlaba rápido?. Pues en 2024, Aguascalientes decidió dejar de ser un simple espectador y se coló con orgullo en el envidiable top 6 nacional, presumiendo más de 3,000 casos confirmados, transmisión comunitaria sostenida y, por supuesto, defunciones. Un aplauso de pie para la capacidad institucional que permitió transformar casos importados en una crisis local; sin duda, una lección magistral de cómo ignorar las señales de alerta a tiempo.
Y como la nostalgia vende y lo retro está de moda, el sistema de salud decidió traer de vuelta los grandes clásicos de la infancia. Atrás quedaron esos días monótonos en los que Aguascalientes presumía ser el tercer lugar nacional en cobertura de vacunación infantil. En cambio, para 2025, el estado prefirió liderar la tabla de posiciones en tosferina, alcanzando el flamante primer lugar nacional (con todo y niños fallecidos). Por si fuera poco, nos dimos el lujo de revivir los brotes de sarampión y disparamos la varicela de 364 tristes casos en 2021 a unos espectaculares 939 contagios en 2025. Nada como niños llenos de ronchas en las guarderías por falta de contención.
Para cerrar con broche de oro esta historia de éxito, hablemos de tomar un respiro. Durante la temporada invernal de 2024-2025, fuimos los campeones absolutos, el indiscutible número uno nacional, en incidencia y mortalidad por influenza. Y para la temporada 2025-2026, por pura modestia para dejar brillar a otros, bajamos al segundo lugar en contagios y séptimo en decesos. Súmenle a esto los muertos por COVID-19 y la cifra más alta de tuberculosis respiratoria de la última década registrada en 2025. Un combo ganador que, literalmente, te deja sin aliento.
Como bien apunta la ironía, la salud pública es una disciplina discreta: solo la notamos cuando los hospitales colapsan y los muertos se empiezan a acumular en las estadísticas. Así que, la próxima vez que un candidato les prometa la luna y las estrellas en temas de salud, recuerden: las campañas políticas construyen discursos preciosos, pero son los registros epidemiológicos los que realmente están redactando nuestra esquela.
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