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¡Sorpresa! El gobierno sigue sin entender por qué nos aterra regalarles nuestra identidad

Cada cierto tiempo, a nuestras brillantes autoridades se les ocurre desempolvar la misma idea revolucionaria: crear un padrón nacional de usuarios de telefonía móvil para …

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Cada cierto tiempo, a nuestras brillantes autoridades se les ocurre desempolvar la misma idea revolucionaria: crear un padrón nacional de usuarios de telefonía móvil para "combatir" la extorsión y el fraude. En su mundo ideal, los delincuentes irán ordenadamente a registrar sus líneas con su nombre real. Sin embargo, en el mundo real, los ciudadanos reaccionan con desconfianza, rechazo y un miedo absoluto. Y mientras el gobierno se rasca la cabeza preguntándose por qué somos tan "paranoicos", la psicología y la simple memoria histórica tienen la respuesta: no es que no queramos cooperar, es que sabemos que entregarles nuestros datos es casi un suicidio digital.

Las autoridades parecen sufrir de amnesia selectiva, pero el ciudadano promedio usa lo que la psicología cognitiva llama el "heurístico de disponibilidad": recordamos los desastres traumáticos mucho mejor que las promesas vacías. ¿Y cómo olvidar el majestuoso fracaso del RENAUT en 2009? Aquel registro, que prometía exactamente la misma maravilla de seguridad que hoy nos venden, terminó filtrado y rematado al mejor postor en el mercado negro. Gracias a ese glorioso antecedente, registrarse ya no se asocia con protección, sino con facilitarle el trabajo a los extorsionadores y estafadores.

Pero la ironía no termina ahí. El gobierno se indigna ante nuestra falta de fe, ignorando que el robo de identidad y las llamadas de extorsión ya son parte del paisaje cotidiano en México. Casi todos conocemos a alguien a quien ya intentaron defraudar con datos que los criminales mágicamente ya poseían. Y en medio de este caos, la autoridad nos pide no solo confianza, sino nuestros datos biométricos. Es una contradicción cómica: nos prometen seguridad, pero el ciudadano sabe perfectamente que el Estado ni siquiera puede proteger adecuadamente la información básica que ya tiene en sus manos.

La incapacidad gubernamental para leer la sala es monumental. Creen que el rechazo es simple desinformación, pero la psicología social lo llama "reactancia": cuando sientes que te imponen una medida que amenaza tu privacidad, te resistes automáticamente. En países donde las instituciones no son un chiste, un padrón puede sentirse seguro; en México, es visto como una nueva y flamante superficie de riesgo.

Y es que no es lo mismo que se te filtre una contraseña —que puedes cambiar en cinco minutos— a que el gobierno exponga tus huellas dactilares o el reconocimiento de tu rostro. El cerebro humano prioriza evitar un daño personal devastador (como que te roben la identidad de por vida) antes que colaborar con una promesa abstracta y dudosa de "seguridad colectiva".

En resumen: no es que los mexicanos queramos proteger a los criminales, simplemente no queremos entregarle las llaves de nuestra vida a un sistema que tiene el historial de seguridad de un candado de papel. Quizás cuando el gobierno entienda la diferencia, deje de ofenderse porque preferimos perder una línea telefónica antes que nuestra identidad.

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