En un arranque que conmovería hasta a las piedras, el secretario de Seguridad Nacional de EUA, Markwayne Mullin, ha dicho: resulta que la presidenta Claudia Sheinbaum y su gabinete han sido unas criaturas maravillosamente dóciles, o en sus propias palabras, "mucho más cooperativos que la administración pasada". Sin embargo, Mullin no pudo evitar soltar una risita condescendiente al admitir que los mexicanos "aún creen en su soberanía", un capricho folclórico y exótico que, según él, Estados Unidos debe hacer el enorme esfuerzo de "respetar".
Pero no se preocupen demasiado por esa ilusión óptica llamada "soberanía", porque en la vida real, cada miserable centímetro de la frontera está controlado por nueve amables cárteles, eficientemente divididos en "plazas". Lo verdaderamente hilarante de este circo es que Mullin, inflando el pecho de orgullo burocrático ante el Congreso, presume que el gobierno estadounidense sabe exactamente quiénes son absolutamente todos los jefes de esas plazas. Ellos mismos admiten que la frontera la controlan los narcos, aunque juren que los andan arrestando a diestra y siniestra.
Y claro, toda esta monumental farsa de incautaciones récord y disminución de muertes por fentanilo —que, ups, siguen siendo "demasiado altas", pero a quién le importan los detalles— es un milagro atribuido directa y exclusivamente al liderazgo de Trump. Porque, como la historia oficial dicta, el ciudadano estadounidense jamás consumiría narcóticos si no fuera por esos viles envenenadores que mágicamente teletransportan las drogas a sus calles.
Por si la comedia no fuera suficiente, entra a escena Marco Rubio, secretario de Estado , quien advirtió al Senado que los cárteles están usando drones entre ellos y que en algún punto podrían usarlos contra los "intereses" de Estados Unidos.
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