Con un promedio de edad de 44 años en el personal docente, nuestro glorioso sistema educativo enfrenta un "relevo generacional" que parece más un desfile hacia el geriátrico. Los especialistas ya nos lanzaron la advertencia de que en 10 años no habrá suficientes maestros, pero ¡hey!, seguro la ignorancia nacional se cura sola por ósmosis.
Las escuelas normales, esos supuestos grandes semilleros de la docencia, representan hoy un ridículo y microscópico 2.8% de la matrícula nacional de educación superior. Aunque las cifras oficiales de la SEP y la ANUIES presuman como gran logro que pasaron de 108 mil incautos en 2015 a cerca de 115 mil en 2024, la realidad es que el crecimiento es un chiste de mal gusto. De hecho, en estados como Tlaxcala, Coahuila, Tamaulipas y Tabasco, la matrícula normalista se desplomó más del 60%, mientras que en Oaxaca, Colima, Campeche y Nayarit se redujo a la mitad en los últimos años. A este paso, encontrar a un estudiante normalista va a ser más difícil que encontrar papel de baño limpio en una escuela pública.
Pero no nos sintamos tan especiales, la tragedia es global. La UNESCO, con su habitual tono profético y apocalíptico, advierte que faltarán 44 millones de docentes para el 2030 en todo el mundo. En México, este panorama nos va a golpear con la sutileza de un tráiler sin frenos, especialmente en esas asignaturas esotéricas que al parecer a nadie le importan, como matemáticas, ciencias e inglés.
Y si crees que este desastre afectará a todos por igual, vives en la más profunda ingenuidad. Los más pisoteados, como siempre en la historia de este país, son las comunidades rurales, indígenas y de alta marginación. Ahí, donde ya sobreviven con grupos saturados y esquemas multigrado, conseguir un maestro especializado en artes, educación física o tecnologías es prácticamente un milagro.
Mientras las zonas urbanas acaparan a los pocos profesores disponibles, en las telesecundarias rurales y escuelas primarias indígenas seguirán esperando a que baje el espíritu santo a darle clases a los niños. Todo esto ocurre en un país de genios donde 27.5 millones de personas mayores de 15 años (un envidiable 27% de esa población) viven en el rezago educativo absoluto.
¿Y cuál es la brillante y revolucionaria estrategia del gobierno para atajar esta crisis monumental? ¡Darles baratijas brillantes! La SEP, en un alarde de miopía presupuestal inigualable, se gastó más de mil millones de pesos en medallas de oro y plata para entregarle preseas a más de 13 mil maestros. ¡Claro que sí! ¿Para qué invertir ese dinero en la miseria de la infraestructura escolar o en la formación de nuevos docentes cuando puedes colgarle un pedazo de metal pesado en el cuello a los profesores que están a punto de jubilarse?
Hablando de jubilaciones, el futuro económico del sistema es una bomba de tiempo maravillosa. Se proyecta que para el año 2030, las pensiones del magisterio devorarán el 41% del presupuesto educativo, sumando la obscena cantidad de 600 mil millones de pesos. ¡Casi la mitad del presupuesto se irá en pagarles a los que ya no dan clases, mientras el gasto por estudiante en las aulas permanecerá atorado en las migajas de siempre!. Eso, por supuesto, asumiendo que se jubilen, porque muchos maestros prefieren aferrarse al escritorio y prolongar su permanencia por razones económicas y laborales, retrasando su retiro ante la precariedad de sus bolsillos.
Se proyecta una inminente avalancha de jubilaciones que podría superar los 600 mil docentes en la próxima década. No hay suficientes jóvenes que quieran ser maestros, los poquísimos que hay huyen de las regiones que más los necesitan, y los que ya están en las aulas se hacen viejos esperando que el sistema no colapse bajo el peso aplastante de sus propias pensiones. Pero tranquilos, al menos la UNICEF nos recuerda desde sus cómodas oficinas que es "urgente" fortalecer las capacidades de los docentes mexicanos. Muchas gracias por el aviso, no nos habíamos dado cuenta del incendio.
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