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La calificación soberana de México de "estable" a "negativa".

Bienvenidos, compatriotas, a otro emocionante episodio de "Crónica de un desastre fiscal anunciado". S&P Global Ratings, esos aguafiestas internacionales que…

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Bienvenidos, compatriotas, a otro emocionante episodio de "Crónica de un desastre fiscal anunciado". S&P Global Ratings, esos aguafiestas internacionales que insisten en usar las matemáticas, han decidido cambiar la perspectiva de  ¡Pero tranquilos! Aún conservamos nuestra nota de "BBB", que en el mundo financiero es básicamente el diploma de participación por asistir a clases aunque repruebes los exámenes.

¿Y por qué tanta negatividad, se preguntarán? Bueno, resulta que crecer al monumental y vertiginoso ritmo del 1% estimado para 2026 no es suficiente para impresionar a nadie. S&P se dio cuenta de que nuestro gobierno tiene una fascinación casi patológica por abrazar pasivos contingentes y engordar la deuda pública. Según sus proyecciones, la deuda neta del gobierno va a trepar alegremente del 49% del PIB en 2025 a un hermoso 54% para 2029. Una obra maestra de la acrobacia presupuestaria.

Por supuesto, no podemos hablar de hemorragias financieras sin mencionar a los dos hijos parásitos favoritos del Estado: Pemex y la CFE. La calificadora ha notado, con nula sorpresa, que el gobierno sigue actuando como el sugar daddy incondicional de estas empresas, elevando las "rigideces fiscales" (una forma elegante de decir que tiran nuestro dinero a un pozo sin fondo). De hecho, S&P ya ni se molesta en fingir y asume en sus cálculos que el gobierno federal le va a pagar todas y cada una de las amortizaciones de deuda a Pemex mediante transferencias. Porque, claro, ¿qué podría salir mal si la petrolera sufre un "deterioro operativo adicional" y necesita todavía más limosnas para no colapsar el déficit?.

Pero no sean pesimistas, el gobierno de Claudia Sheinbaum tiene un as bajo la manga: el grandioso y rimbombante "Plan México". Se trata de un programa de infraestructura por 5.6 billones de pesos, que equivale al 15% del PIB. ¿El único y pequeñísimo problema? Nadie tiene la más reverenda idea de cómo se va a pagar. S&P señala diplomáticamente que hay "incertidumbre sobre los mecanismos de financiamiento", lo cual ha retrasado la implementación de los proyectos. En idioma terrenal: no hay dinero y están esperando a que caiga del cielo.

Y mientras jugamos a la alquimia financiera, la realidad estructural del país sigue siendo una comedia de humor negro. S&P nos recuerda gentilmente que, por mucha "continuidad macroeconómica" que presumamos, seguimos aferrados a nuestras queridas tradiciones: baja productividad, infraestructura de cristal, informalidad rampante, rezago educativo de época colonial y un clima de seguridad que, a pesar del aplaudido "uso de inteligencia" y detenciones de capos, sigue siendo un riesgo andante en casi todas las regiones.

¿Y qué nos salva del precipicio absoluto? Irónicamente, el Banco de México actuando como el único adulto en la habitación con su autonomía, y nuestras sagradas Afores, que fungen como los rehenes... perdón, "principales tenedores" obligados a tragar deuda gubernamental. Ah, y por supuesto, las exportaciones a nuestro vecino del norte, a quien le rezamos para que las renegociaciones del T-MEC en 2026 y sus políticas migratorias no nos terminen de asfixiar las remesas.

En resumen: S&P nos dice que podríamos volver a una perspectiva "estable" si ocurre un milagro llamado "consolidación fiscal" y el sector privado decide confiar en la magia. Mientras tanto, prepárense para seguir financiando agujeros negros y celebrando que el peso flota mientras el barco se hunde.

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