¡Última hora desde el circo de la moralidad (también conocido como el Senado de la República)!
En un episodio más de nuestra inagotable tragicomedia nacional, la siempre mesurada, ecuánime y diplomática senadora Lilly Téllez decidió transformar la máxima tribuna del país en una granja, calificando de "cerdos" a sus compañeros de la bancada de Morena. ¿El motivo de tan fina alegoría porcina? Defender a capa y espada a la gobernadora de Chihuahua, Maru Campos, por ese pequeñísimo e insignificante detalle de permitir que los agentes de la CIA operen en el país como si estuvieran de campamento en el patio de su casa.
Resulta que los legisladores de Morena, en un ataque de patriotismo repentino y rasgándose las vestiduras, querían que la gobernadora rindiera cuentas sobre esta intromisión extranjera, llegando al grado de que el senador Óscar Cantón Zetina lo calificara de "traición a la patria". Pero Téllez, iluminada por su infinita sabiduría, felicitó a Campos por no asistir a lo que consideraba un linchamiento mediático, sentenciando majestuosamente: "aquello de que no hay que darles perlas a los cerdos. Felicito a Maru Campos por no venir a darle perlas a los cerdos de la bancada de los mafiosos". Una verdadera joya de la diplomacia parlamentaria que pasará a los libros de historia.
Pero la legisladora panista no se detuvo en las metáforas de corral, pues su ametralladora de bilis tenía un objetivo secundario: el senador guinda y exgobernador, Javier Corral. Con la elegancia que la caracteriza, lo etiquetó de "charro frustrado", le exigió que dejara de ser un "cobarde" y le restregó en la cara una pequeña acusación de peculado por la módica cantidad de 100 millones de pesos. Corral, en un intento desesperado por fingir que en ese recinto se hace política y no lucha libre en lodo, suplicó que el pleno recuperara el debate parlamentario. Qué ternura.
Mientras el Senado ardía, en Chihuahua la estrategia de manejo de crisis fue de manual básico: buscar un chivo expiatorio y fingir demencia absoluta. El lunes 27 de abril, el fiscal general del estado, César Jáuregui, responsable de la operación, tuvo la decencia de renunciar a su cargo tras reconocer "inconsistencias" y "omisiones". Básicamente, se inmoló administrativamente.
Por su parte, la gobernadora Maru Campos aplicó la vieja confiable: decirle al secretario de Seguridad Pública federal, Omar García Harfuch, que ella no estaba enterada de absolutamente nada. Porque, claro, comandos de la CIA desplegados en tareas de seguridad en tu propio estado son el tipo de cosas que fácilmente se te pasan por alto en la agenda matutina. Para rematar el teatro, el 24 de abril creó una "unidad especial" para investigar el asunto y, en un acto de suprema conveniencia, se ha negado a dar más declaraciones públicas.
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