En un despliegue absolutamente predecible de inutilidad demócrata, el Senado estadounidense ha fracasado heroicamente en su enésimo intento de ponerle correa a las posibles acciones militares del presidente Donald Trump en Cuba. Con una apretada y emocionante votación de 47 contra 51, los demócratas vieron aplastados sus tiernos sueños de limitar la autoridad del Comandante en Jefe sobre La Habana.
Salvo por ese par de "rebeldes sin causa" llamados Susan Collins y Rand Paul, que en un aparente lapsus de conciencia votaron junto a los demócratas, los republicanos se unieron en un bloque de granito para salvaguardar la libertad bélica de su líder. Este patético y fallido esfuerzo se suma a la ya lista de fracasos del Senado, una maravillosa colección de impotencia legislativa que incluye las cinco bochornosas votaciones para evitar ataques a Irán y aquel arranque previo a la captura de Nicolás Maduro en Venezuela. Al parecer, tratar de frenar al presidente en el Senado es un deporte extremo en el que la oposición solo compite para perder con estilo.
El siempre dramático Chuck Schumer intentó invocar el apocalipsis advirtiendo sobre una "inminente catástrofe en Cuba", rogándole a los republicanos que actuaran antes de que el desastre empeorara, tal como lloró en su momento por la "guerra de Trump en Irán". Pero los paladines republicanos no cayeron en la trampa de la prudencia: rápidamente acusaron a los demócratas de hacerse convenientemente de la vista gorda ante las violaciones de derechos humanos del gobierno de Miguel Díaz-Canel. Porque, lógicamente, todo el mundo sabe que la diplomacia más humanitaria es la que se reserva el derecho de mandar misiles a una isla.
Por si este teatro del absurdo no fuera suficiente, el secretario de Estado, Marco Rubio, saltó a la palestra mediática de Fox News para recordarnos que, seguimos viviendo una electrizante secuela de la Guerra Fría. Rubio acusó a Cuba de hospedar a los oscuros "adversarios" de EE. UU., jurando que la administración Trump jamás tolerará que jueguen a los espías o pongan bases militares a 90 millas de su sacrosanto territorio.
Y por supuesto, en medio de este circo, alguien tuvo la decencia de fingir que importa ese adorable y pisoteado documento conocido como la Resolución sobre los Poderes de Guerra de 1973. Este tierno pedazo de papel sugiere que cualquier intervención extranjera necesita el permiso del Congreso, exigiendo que las fuerzas se retiren en 60 días si no hay autorización, a menos que el presidente se invente una conveniente "necesidad militar ineludible" para exprimir 30 días más de caos. Como si plazos como el del 1 de mayo —cuando se cumplen dos meses de los ataques a Irán— fueran a quitarle el sueño a un Ejecutivo ansioso por imponer su bloqueo petrolero y sus fantasías de "cambio de régimen" en la isla.
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