En un despliegue de genialidad diplomática y conformismo absoluto, el secretario de Economía, Marcelo Ebrard, nos ha iluminado con la cruda realidad: la época dorada donde no nos cobraban impuestos abusivos por exportar se acabó, así que mejor séquense las lágrimas.
Con una empatía que conmovería a una piedra, Ebrard pidió a los medios que "no hay que estar en la nostalgia de cuando no había ningún arancel". ¡Claro que no, Marcelo! Qué estupidez extrañar la estabilidad y la competitividad cuando podemos disfrutar de la adrenalina de ver cómo el norte nos asfixia. Al parecer, el paradigma del libre comercio es una reliquia del pasado que estorba, y la nueva moda gubernamental es aceptar el castigo comercial de Donald Trump con una sonrisa resignada.
La magistral estrategia de México para la revisión del T-MEC es verdaderamente inspiradora: en lugar de tener la osadía de exigir la eliminación total de los aranceles, nuestro heroico equipo negociador ahora se conforma con mendigar que nos los reduzcan "en lo menos posible". Ebrard ha capitulado ante la postura del representante comercial estadounidense, Jamieson Greer, aceptando dócilmente que los aranceles de la sección 232 en Estados Unidos se quedarán instalados en nuestra sala, afectando sectores prioritarios como el automotriz, el acero y el aluminio. El sistema de libre comercio murió, y nosotros mismos le estamos pagando el funeral.
Pero no se depriman, ¡hay monumentales "victorias" que aplaudir! Como un premio de consolación en esta masacre arancelaria, el secretario Ebrard presume como un triunfo histórico que en la industria automotriz ya se logró la hazaña de que "casi todos están pagando abajo" del infame arancel del 25 por ciento. ¡Aleluya! Ya no nos están robando la cartera entera, solo nos están sacando los billetes grandes. Aunque Ebrard asegura que ya le pintaron a Estados Unidos su "mundo ideal" donde no hay aranceles, en la práctica saben que el nuevo esquema dependerá de tragar impuestos y aguantar reglas de origen cada vez más asfixiantes.
Al final del día, mientras Estados Unidos nos exprime para reducir su dependencia de Asia, México se autoengaña colgándose la patética medalla de ser su "gran aliado" para producir en la región. Un aliado al que, por supuesto, le cobran la tarifa máxima por el privilegio de hacerles el trabajo sucio.
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