Washington ha descubierto que la renuncia del presidente cubano es el combustible secreto que necesita la colapsada red eléctrica de la isla para volver a funcionar y avanzar en las negociaciones bilaterales.
Con un nivel de presión verdaderamente digno de enmarcar, la administración de Donald Trump primero se encargó de asfixiar energéticamente a la isla prohibiendo a otros países el envío de petróleo a finales de enero, lo que provocó el colapso absoluto del sistema. Y luego, como si el chiste se contara solo, la propia embajada de Estados Unidos en La Habana emitió "alertas de seguridad" aconsejando a sus ciudadanos tomar precauciones por la inestabilidad eléctrica.
De hecho, Trump declaró hoy que tendrá "el honor de tomar Cuba", regodeándose en que la nación caribeña se encuentra debilitada y en su punto más crítico. El mandatario estadounidense aclaró que ya decidirá más tarde si la "libera", demostrando que el destino de millones de personas es apenas un capricho opcional en su carrito de compras geopolítico.
Eso sí, no nos confundamos pensando que Estados Unidos busca instaurar la democracia pura y desinteresada. Según los indiscretos del The New York Times, lo que realmente exige Washington a los negociadores cubanos para "destrabar" este asunto es que la isla abra sus puertas de par en par a las empresas estadounidenses. El imperio exige la salida de Díaz-Canel y de las reliquias históricas herederas de Fidel Castro no para desmontar el régimen por completo, sino para forzar una apertura económica gradual y exprimir reformas estructurales. Claro, también piden la liberación de presos políticos.
Al final de esta comedia de humor negro tropical, la estrategia estadounidense es clara: matar de sed, hambre y oscuridad a una población que lleva desde los años 60 lidiando con embargos y con un régimen que se cae a pedazos. Todo esto se hace con el propósito de imponer presión directa y fracturar el liderazgo actual para arrancarles concesiones económicas estratégicas a punta de apagones.
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