Las imágenes del desastre ecológico dieron la vuelta y circularon desde el primer día por todos los medios posibles. Sin embargo, en un despliegue de agilidad burocrática digna de un perezoso con reumatismo, las autoridades se tardaron varios días en salir a intentar dar una "explicación". Y vaya joya de justificación que nos regalaron.
Resulta que el flamante secretario de Marina, el almirante Raymundo Pedro Morales Ángeles, en su infinita agudeza investigativa, nos iluminó con el gran hallazgo: el origen del derrame de hidrocarburos proviene en parte de un buque fondeado cerca de Coatzacoalcos. ¿El culpable exacto? Bueno, según su avanzado y perspicaz análisis de imágenes de satélite, había nada más y nada menos que 13 embarcaciones en la zona del crimen. ¿La grandiosa y certera conclusión oficial de nuestra Armada? “Cualquiera pudo haber sido” la responsable del vertimiento ilegal.
¡Un aplauso de pie para la inteligencia naval! ¿Cómo es posible que no sepan quién circula por nuestros mares? Es francamente inaudito; pareciera que no llevan ni el más mínimo registro y que el océano es un estacionamiento público sin plumas ni boleto. Tienen que andar mendigando cooperación internacional y prometiendo que ahora sí van a "revisar las bitácoras" de los buques que ya huyeron a aguas internacionales para ver si, de pura casualidad, atrapan al escurridizo culpable. Si esto tan básico no lo pueden saber ni controlar, pues entonces ya sabemos por qué está el País así de reborujado caray.
Pero la comedia trágica no termina ahí. Para restarle un poco de protagonismo a su buque fantasma, las autoridades decidieron que la madre naturaleza también es una excelente chivo expiatorio. Según la Semar, otra gran parte de la contaminación es culpa de las "chapopoteras naturales" ubicadas en Coatzacoalcos y Cantarell, las cuales, curiosamente, decidieron intensificarse en este preciso mes. ¡Vaya sincronía geológica tan conveniente!
Y para coronar este pastel de ineptitud con la cereza del cinismo absoluto, Alicia Bárcena, titular de la Semarnat, y Mariana Boy, de la Profepa, salieron a restarle importancia a la tragedia. A pesar de que organizaciones como Greenpeace denuncian un desastre que se extiende por 630 kilómetros de litoral, afectando el Corredor Arrecifal del Suroeste del Golfo de México, nuestras autoridades aseguran sin pestañear que “no hemos detectado daño ambiental severo”.
¿Su evidencia del rotundo éxito ecológico? Presumir que solamente han tenido que lavar a seis pobres animales (tres tortugas y tres aves). Ah, y por si no podían dormir de la preocupación, la Profepa nos tranquiliza aclarando que un delfín que encontraron muerto no pereció por el derrame, sino porque "fue golpeado". ¡Uf, qué alivio monumental! Al menos el delfín murió asesinado a golpes y no intoxicado por crudo. ¡Las instituciones sí funcionan!
Así las cosas en nuestras aguas: con un desastre a la vista de todos, la ASEA interponiendo denuncias de chocolate ante la FGR "a quien resulte responsable" (o sea, a un ente imaginario), y las autoridades jugando al detective marino. Qué inmensa tranquilidad da saber que nuestras costas están resguardadas por tan competentes guardianes.
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