En un enternecedor despliegue de diplomacia y moderación que haría llorar de envidia a cualquier pacifista, la Guardia Revolucionaria de Irán ha descubierto que la mejor manera de evitar una crisis es, literalmente, prenderle fuego a la infraestructura de sus vecinos. Tras sufrir un ataque en sus queridas instalaciones gasísticas de Pars Sur, los líderes iraníes emitieron un comunicado rebosante de tolerancia, advirtiendo a sus enemigos que cometieron "un grave error" y prometiendo amablemente la "completa destrucción" de toda infraestructura energética rival si se les vuelve a molestar. ¡Qué hermosa es la resolución de conflictos en el Golfo!
Con una cara de cemento armado, el cuerpo militar de élite iraní tuvo la audacia de declarar que ellos, en el fondo, son unos santos que "no tenían intención de extender el alcance de la guerra a las instalaciones petroleras ni de perjudicar las economías de los países amigos y vecinos". Claro que no; porque absolutamente nada como una "amistad incondicional" y "cuidado por la economía ajena" como bombardear la refinería de Ras Laffan en Qatar, la principal planta de gas natural licuado del país, dejándola envuelta en un incendio y con serios daños. Para el régimen, calcinar los medios de subsistencia de su vecino es solo el rito de iniciación formal de "una nueva fase de la guerra".
La gimnasia mental empleada para justificar este acto de piromanía transnacional es digna de un manicomio. Según su impecable y retorcida lógica, fue la "necesidad de defender la infraestructura iraní" la que los obligó —sí, los obligó, casi arrastrados en contra de su noble y pacífica voluntad— a atacar instalaciones energéticas vinculadas a Estados Unidos y sus socios. Una táctica diplomática brillante, sin duda: "Como me rompiste una ventana de mi casa, me veo en la trágica obligación de incendiar el negocio del vecino porque tú compras ahí".
Toda esta rabieta incendiaria llega en un momento de absoluta humillación para Teherán. Mientras Irán juega con cerillos en Qatar, Estados Unidos e Israel se dedican a "destruir la cúpula" del régimen, lo que incluye la confirmación de la muerte de Ali Lariyani, secretario del Consejo Supremo, quien convenientemente ha dejado de participar en las reuniones.
Hay que reconocer que la escalada es creativa. Desde que empezó todo este desastre, Irán se había conformado con lanzar sus misiles y drones de forma casi rutinaria, aburrida y predecible contra bases militares utilizadas por el ejército estadounidense en el Golfo Pérsico. Pero eso ya no da suficientes titulares. Ahora, sintiéndose acorralados, advierten con el tono de un matón de patio de colegio que la próxima vez la respuesta será "mucho más severa". Así que ya lo saben, naciones "amigas" del Golfo: vayan comprando extintores al por mayor, porque la versión iraní de no perjudicar a sus vecinos viene empaquetada con explosivos y fuego indiscriminado.
enDOSminutos.com / Realidad irreverente
