En un giro narrativo tan predecible que hace bostezar a los guionistas de telenovelas de bajo presupuesto, la Cámara de Diputados ha ungido a Aureliano Hernández Palacios como el flamante titular de la Auditoría Superior de la Federación (ASF). Y para que no quepa duda de la profunda y nada comprada "unanimidad" legislativa, se embolsó la ridícula cantidad de 472 votos a favor. ¡Un milagro democrático! Sobre todo si elegimos ignorar el pequeño detalle de que ya era el candidato "favorito" mucho antes de que los diputados siquiera fingieran analizar las opciones.
El teatro del absurdo legislativo incluyó una convocatoria a la que se inscribieron 92 pobres ilusos, de los cuales la Comisión de Vigilancia evaluó a 77. Todo este desgaste de neuronas y saliva para terminar dándole el puesto por los próximos ocho años (2026-2034) a la misma persona que ya sabíamos que iba a ganar. ¿Sus credenciales inmaculadas? Bueno, es economista de Xalapa y desde 2018 labora en la ASF, habiendo pasado por la Dirección General y la Auditoría Especial del Gasto Federalizado. También hizo sus "pininos" en la Secretaría de Obras y Servicios de la CDMX.
Pero hablemos de su verdadero y más contundente "mérito profesional", ese que no se estudia en ninguna universidad: su ADN. Resulta que su padre, Fernando Aureliano Hernández Palacios, fue nada más y nada menos que el secretario particular de la actual presidenta, Claudia Sheinbaum, durante su gestión como jefa de Gobierno. ¡Qué coincidencia tan poética! No hay persona más "imparcial" para revisar las cuentas del gobierno federal que el hijo del hombre que le cargaba la agenda a la actual mandataria. Con una estirpe burocrática que también incluye a un abuelo ex rector y presidente de tribunal, el nepotismo en México demuestra que es una energía renovable y cien por ciento sustentable.
Y mientras la nueva "realeza" burocrática toma protesta, toca decirle adiós al auditor saliente, David Rogelio Colmenares Páramo. Tras exprimir el cargo durante ocho largos años (2018-2026), el señor tuvo el descaro de intentar reelegirse por otros ocho años más, pero el sistema finalmente lo escupió y lo dejó fuera de la terna. Su escena de despedida fue tan lastimera como digna de un premio a la mejor actuación dramática: asistió a la Cámara de Diputados postrado en una silla de ruedas, huyendo en absoluto silencio y negándose a responder a las preguntas de los periodistas. Al parecer, las ruedas giraban más rápido que sus respuestas sobre los desfalcos no resueltos de su gestión.
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