El entrañable expríncipe Andrés, también conocido como el dolor de cabeza crónico de la monarquía británica, decidió festejar sus 66 primave...
El entrañable expríncipe Andrés, también conocido como el dolor de cabeza crónico de la monarquía británica, decidió festejar sus 66 primaveras de una forma verdaderamente inolvidable: siendo arrestado en la pintoresca y lujosa finca de Sandringham. La Policía de Thames Valley, en un alarde de excelente sincronización festiva, apareció alrededor de las 08:00 GMT para regalarle un pase VIP a la comisaría de Aylsham bajo la nada glamurosa sospecha de "mala conducta en un cargo público".
¿Y cuál fue la presunta travesura del cumpleañero? Al parecer, durante su época dorada como intocable "enviado comercial" del Reino Unido entre 2001 y 2011, Andrés confundió su estricto deber de confidencialidad comercial y política con un boletín informativo para sus amistades más turbias. Los documentos del Departamento de Justicia de EUA sugieren que el expríncipe no tuvo mejor idea que compartir informes gubernamentales sobre Vietnam, Singapur y China con su amiguísimo, el difunto Jeffrey Epstein.
Pero la verdadera cereza de este pastel radiactivo es que los archivos también indican que le sopló a Epstein información sobre oportunidades de inversión en oro y ¡uranio en Afganistán!. Nada une más a dos colegas que el tráfico de influencias, los metales pesados en zonas de guerra y el desprecio absoluto por la ética pública.
Por supuesto, el expríncipe ha negado "sistemática y enérgicamente" cualquier irregularidad, porque enviar secretos de Estado a un depredador sexual es, seguramente, un simple error de tipeo en la bandeja de salida de su correo electrónico. Y aunque fue puesto en libertad bajo investigación unas horas después de su triunfal paseo matutino en patrulla, la fiesta ya estaba irremediablemente arruinada.
Mientras tanto, en el Palacio de Buckingham, la familia real aplicó su magistral táctica de "yo pasaba por aquí". Según se entiende, ni el rey Carlos III ni el palacio fueron informados previamente de que la policía le caería de sorpresa a su hermanito. El monarca, desbordando un amor fraternal que conmueve hasta las lágrimas, emitió un comunicado expresando su "profunda preocupación" para luego proceder a lavarse las manos con jabón de la realeza. Con frases lapidarias como "la ley debe seguir su curso" y prometiendo "apoyo y cooperación incondicionales" a las autoridades competentes.
¿Y cuál fue la presunta travesura del cumpleañero? Al parecer, durante su época dorada como intocable "enviado comercial" del Reino Unido entre 2001 y 2011, Andrés confundió su estricto deber de confidencialidad comercial y política con un boletín informativo para sus amistades más turbias. Los documentos del Departamento de Justicia de EUA sugieren que el expríncipe no tuvo mejor idea que compartir informes gubernamentales sobre Vietnam, Singapur y China con su amiguísimo, el difunto Jeffrey Epstein.
Pero la verdadera cereza de este pastel radiactivo es que los archivos también indican que le sopló a Epstein información sobre oportunidades de inversión en oro y ¡uranio en Afganistán!. Nada une más a dos colegas que el tráfico de influencias, los metales pesados en zonas de guerra y el desprecio absoluto por la ética pública.
Por supuesto, el expríncipe ha negado "sistemática y enérgicamente" cualquier irregularidad, porque enviar secretos de Estado a un depredador sexual es, seguramente, un simple error de tipeo en la bandeja de salida de su correo electrónico. Y aunque fue puesto en libertad bajo investigación unas horas después de su triunfal paseo matutino en patrulla, la fiesta ya estaba irremediablemente arruinada.
Mientras tanto, en el Palacio de Buckingham, la familia real aplicó su magistral táctica de "yo pasaba por aquí". Según se entiende, ni el rey Carlos III ni el palacio fueron informados previamente de que la policía le caería de sorpresa a su hermanito. El monarca, desbordando un amor fraternal que conmueve hasta las lágrimas, emitió un comunicado expresando su "profunda preocupación" para luego proceder a lavarse las manos con jabón de la realeza. Con frases lapidarias como "la ley debe seguir su curso" y prometiendo "apoyo y cooperación incondicionales" a las autoridades competentes.
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