La democracia mexicana está despeinada.
En un giro absolutamente predecible para el circo político nacional, nos enteramos de que la máxima tribuna del país, el Senado de la República, albergaba una operación de vital importancia estratégica para el futuro de la nación: un salón de belleza clandestino en el segundo piso. Olviden las reformas constitucionales o la seguridad pública; la verdadera crisis nacional era el peinado de legisladoras y legisladores.
El "sacrificio" de verse bien
Resulta que el recinto parlamentario no estaba completo sin un espacio dedicado a dejar "di-vi-na" a la clase política. La presidenta de la Mesa Directiva, Laura Itzel Castillo, tuvo la audacia— de defender este changarro estético argumentando que es una "práctica habitual" porque, pobrecitos, "todas y todos tenemos que estar bien presentados para venir a las sesiones". ¡Qué martirio! Imaginen el sufrimiento de viajar desde sus estados para tener que someterse a un corte de cabello, tinte y tratamiento de uñas a las 7 de la mañana.
De la CFE al Crepé
El ingenio burocrático no tiene límites. Donde antes había una aburrida oficina de la Comisión Federal de Electricidad (CFE), nuestros brillantes líderes decidieron que lo que hacía falta era un lavabo, espejos y sillas negras.
Excusas baratas y el "Yo no fui"
Por supuesto, el espectáculo no estaría completo sin el reparto de culpas y justificaciones absurdas. Al principio, las lenguas viperinas quisieron colgarle el milagrito de la estética a la senadora Andrea Chávez, quien tuvo que salir corriendo a desmentir que ella fuera la arquitecta de este templo a la vanidad. Por otro lado, la senadora Juanita Guerra, del Partido Verde, intentó democratizar el ridículo asegurando que hasta "personal de cámaras y medios" iba a embellecerse ahí. Sí, claro, seguro los reporteros hacen fila entre nota y nota.
El triste final del glamour legislativo
Aunque juraron y perjuraron que "no existe financiamiento institucional" y que cada quien pagaba su corte y peinado, la vergüenza pudo más que la laca. Tras difundirse los videos y estallar el escándalo, el personal de resguardo corrió a poner sellos de clausura, cerrando el lugar "temporalmente" mientras investigan cómo demonios permitieron esto.
Así que ahí lo tienen: el salón ha caído. Ahora nuestros senadores tendrán que enfrentar la dura realidad de peinarse en sus casas como el resto de los mortales.
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