Pongan a enfriar esa botellita de dos litros que tenían escondida de las autoridades sanitarias, porque la guerra contra el azúcar ha termin...
Pongan a enfriar esa botellita de dos litros que tenían escondida de las autoridades sanitarias, porque la guerra contra el azúcar ha terminado.
Apenas el año pasado, el gobierno se rasgaba las vestiduras jurando que las empresas refresqueras nos estaban aniquilando al quitarnos 10 años de esperanza de vida. Recordarán a la Presidenta, Claudia Sheinbaum, y a su escudero, el secretario de Salud David Kershenobich, afilando las espadas para una campaña masiva que prometía desterrar este veneno negro de nuestros hogares. Hasta se indignaron muchísimo recordando cuando AMLO pecó al reunirse con el CEO de Coca-Cola en 2020. "¡Cómo es posible!", nos decían, mientras nos recordaban que uno de cada tres casos nuevos de diabetes es culpa del refresquito.
Lloramos todos juntos por Chiapas, ese trágico epicentro mundial donde, mientras no hay agua potable en las comunidades indígenas, el consumo de Coca-Cola supera cinco veces el promedio nacional y 32 veces el mundial. "¡Vamos con todo contra las refresqueras! ¡Sacaremos ese líquido del demonio de donde los niños lo toman hasta en el desayuno!", comentaban.
Pero tranquilos, resulta que en este 2026, la Cuarta Transformación ha encontrado la vacuna definitiva contra la obesidad y las fallas renales: los fajos de billetes.
A través de su cuenta de X (porque las buenas noticias siempre caben en 280 caracteres), la misma Presidenta que iba a salvar nuestros riñones informó que le abrió las puertas de Palacio Nacional a Henrique Braun, director ejecutivo global de Coca-Cola. ¿Para qué? Para recibir una "refrescante" inversión de 6 mil millones de dólares. ¡Aleluya! Con esa cantidad de dinero, seguro que la diabetes ya no se siente tan fea.
Ni la mandataria ni el directivo nos dieron detalles sobre en qué consistirá esta inversión. Seguramente el dinero irá a instalar bebederos de Coca-Cola en las zonas rurales de Chiapas, digo, para ahorrarles el viaje a la tiendita y mantener firme ese hermoso 70% de monopolio en el consumo de bebidas azucaradas.
Es reconfortante saber que la firmeza de las convicciones de salud pública en México tiene un precio exacto.
Apenas el año pasado, el gobierno se rasgaba las vestiduras jurando que las empresas refresqueras nos estaban aniquilando al quitarnos 10 años de esperanza de vida. Recordarán a la Presidenta, Claudia Sheinbaum, y a su escudero, el secretario de Salud David Kershenobich, afilando las espadas para una campaña masiva que prometía desterrar este veneno negro de nuestros hogares. Hasta se indignaron muchísimo recordando cuando AMLO pecó al reunirse con el CEO de Coca-Cola en 2020. "¡Cómo es posible!", nos decían, mientras nos recordaban que uno de cada tres casos nuevos de diabetes es culpa del refresquito.
Lloramos todos juntos por Chiapas, ese trágico epicentro mundial donde, mientras no hay agua potable en las comunidades indígenas, el consumo de Coca-Cola supera cinco veces el promedio nacional y 32 veces el mundial. "¡Vamos con todo contra las refresqueras! ¡Sacaremos ese líquido del demonio de donde los niños lo toman hasta en el desayuno!", comentaban.
Pero tranquilos, resulta que en este 2026, la Cuarta Transformación ha encontrado la vacuna definitiva contra la obesidad y las fallas renales: los fajos de billetes.
A través de su cuenta de X (porque las buenas noticias siempre caben en 280 caracteres), la misma Presidenta que iba a salvar nuestros riñones informó que le abrió las puertas de Palacio Nacional a Henrique Braun, director ejecutivo global de Coca-Cola. ¿Para qué? Para recibir una "refrescante" inversión de 6 mil millones de dólares. ¡Aleluya! Con esa cantidad de dinero, seguro que la diabetes ya no se siente tan fea.
Ni la mandataria ni el directivo nos dieron detalles sobre en qué consistirá esta inversión. Seguramente el dinero irá a instalar bebederos de Coca-Cola en las zonas rurales de Chiapas, digo, para ahorrarles el viaje a la tiendita y mantener firme ese hermoso 70% de monopolio en el consumo de bebidas azucaradas.
Es reconfortante saber que la firmeza de las convicciones de salud pública en México tiene un precio exacto.
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