Aguascalientes está al borde de una tragedia humanitaria, o al menos eso deben estar sintiendo ciertos legisladores. Según las últimas noticias, a principios de febrero se aprobaría una ley para sancionar a los diputados faltistas. Sí, leíste bien: quieren castigar a nuestros próceres del estado por no ir a sentarse en su curul. ¡Qué osadía!
La iniciativa, que se perfila para ser aprobada en una sesión extraordinaria —porque trabajar en horario normal es demasiado pedir—, ha sido anunciada por el presidente de la Comisión Permanente, José Trinidad Romo Marín. Pero seamos honestos: ¿de qué sirve tener el cuerpo presente del diputado si su cerebro legislativo (el asesor mal pagado) se queda en la oficina haciendo la verdadera chamba?
El mito de la "productividad" legislativa
Resulta enternecedor que crean que la presencia física del diputado equivale a trabajo. Todos sabemos que la función vital del legislador promedio consiste en levantar el dedo cuando se le indica y cobrar la dieta puntualmente. Si obligan al diputado a ir, lo único que lograremos es interrumpir su partida de Candy Crush o su siesta vespertina, mientras el asesor redacta los dictámenes que su jefe ni leerá.
Tomemos como ejemplo los temas de la agenda. Se dice que en esa misma sesión extraordinaria se discutirá una reforma económica impulsada por el gobierno estatal enfocada en la empresa Nissan y la posible donación de un terreno. ¿De verdad necesitamos al diputado ahí? Seamos prácticos: el asesor ya leyó el contrato, ya revisó los metros cuadrados y ya le puso un post-it al diputado que dice: "Vota que SÍ, nos gustan los coches japoneses". Obligar al legislador a ir a la sesión solo sirve para que se tome la foto fingiendo interés en los ingenuos que lo pusieron allí.
Legislando por inercia (y por mandato judicial)
La ironía alcanza niveles sublimes con el tema de la despenalización del aborto. El mismo Romo Marín ha confesado que, aunque a él no le guste, la aprobación es un "proceso inevitable" porque la Suprema Corte ya lo ordenó y no hay mecanismos legales para impedirlo.
Entonces, analicemos la lógica:
- La Corte ya decidió.
- El Congreso local tiene la obligación de obedecer para evitar el desacato.
- La postura personal o ideológica del diputado es irrelevante.
Si el resultado ya está escrito y es un mero trámite burocrático, ¿para qué cuernos quieren al diputado ahí? Podrían poner un maniquí con traje o un espantapájaros con una curul asignada y el resultado legal sería exactamente el mismo, o incluso mejor porque el mono no podría subir a tribuna a proferir sandeces. Pero no, insistimos en la crueldad de hacerlos ir a trabajar, interrumpiendo sus valiosas actividades extracurriculares.
La cortina de humo
Mientras nos entretenemos con esta "ley del castigo a la inasistencia", los diputados juegan a ser detectives con el caso de Next Energy y su romántico parque fotovoltaico fallido. Romo Marín dice que la detención del propietario es un acierto y clama un heroico "que caiga quien tenga que caer". Qué valientes. Seguramente esperarán sentados en sus curules a que el implicado rinda su declaración para "emitir una opinión", porque claro, leer el expediente es trabajo del equipo técnico.
En conclusión, esta iniciativa para sancionar faltistas es una medida populista adorable. Nos dará la falsa sensación de que nuestros impuestos están trabajando porque veremos el pleno lleno de bobalicones y flojonazas. Pero no se engañen: mientras más tiempo pasen los diputados en el recinto, menos tiempo tendrán sus asesores para corregirles la plana y evitar que aprueben barbaridades.
Quizás lo más humano sería dejarlos faltar. Al menos así, no estorban a quienes sí trabajan.
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