¡Victoria Dulce!
En este glorioso ranking de la decadencia fisiológica, México finalmente destaca en algo más que en la exportación de aguacates: somos los campeones mundiales del suicidio en cómodos abonos burbujeantes. Según los datos de World Population Review, estamos orgullosamente instalados en el TOP 10 de las naciones que prefieren beber veneno carbonatado antes que agua potable, ocupando oficialmente el sexto lugar con unos mediocres 137 litros de refresco al año por persona.
Sin embargo, como buenos mexicanos, sabemos que esas cifras son para principiantes. La Secretaría de Salud, con una honestidad nos sube la dosis a un nivel mucho más "patriótico": 166 litros anuales por habitante. Mientras los húngaros lideran este desfile con unos inalcanzables 310 litros, nosotros seguimos mirando con envidia a Argentina (155 L) y Estados Unidos (154 L), demostrando que todavía nos falta "sed de grandeza" para alcanzar el podio de la obesidad mórbida.
Lo más fascinante de esta patología nacional es nuestra envidiable escala de prioridades. Según la UNAM, una familia mexicana, en un despliegue de genio financiero, destina el 10% de sus ingresos totales a comprar estas bebidas. ¿Quién necesita un fondo de ahorro o una dieta balanceada cuando puedes invertir tu sueldo en agua con azúcar y colorante para asegurar tu lugar en la sala de urgencias? Es un sacrificio económico digno de un mártir, o de alguien que simplemente odia sus propios riñones.
La máxima casa de estudios ha sido clara: nuestra adicción no es un accidente, es un entramado económico, político y cultural diseñado para acompañarnos "desde la cuna hasta la tumba". Es una relación tan tóxica que ni siquiera el diagnóstico de diabetes logra romper el romance; el mexicano prefiere el ataúd antes que dejar de escuchar el crujido de una tapa rosca. Como bien lo describe el autor Jaime Tomás Page Pliego, lo que estamos viviendo es un auténtico “Homicidio dulce suicidio”.
Así que, ¡salud, México! Sigamos alimentando este sistema que nos vende la muerte en envase de cristal o plástico. Después de todo, si el país se está cayendo a pedazos, al menos que el fin del mundo nos agarre con el nivel de glucosa por las nubes y el bolsillo vacío.
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