En un despliegue de generosidad mesiánica que haría que el mismísimo Simón Bolívar se revolviera en su tumba (o intentara vender su espada en eBay), María Corina Machado ha decidido que una medalla de oro estorba en la vitrina cuando se puede usar como ofrenda de paz. Durante una reunión privada en la Casa Blanca, Machado le hizo entrega al Presidente de los Estados Unidos de la medalla original de oro del Premio Nobel de la Paz 2025. Nada de réplicas de plástico de las que venden en las tiendas de recuerdos de cualquier aeropuerto; se trató del metal puro concedido a la dirigente, como si el destino de un país dependiera de quién tiene el objeto más brillante en el escritorio.
La pieza no venía sola, sino con una placa que destila una ironía tan ácida que podría disolver el mismo oro de la medalla. El texto agradece a Trump por su "liderazgo extraordinario en la promoción de la paz a través de la firmeza". Porque, como todos sabemos, no hay nada que grite más "paz" que la amenaza constante y el avance de la democracia bajo la sombra de un tuit incendiario. El lema grabado bajo la medalla asegura que este es un "símbolo personal de gratitud en nombre del pueblo venezolano".
Pero el delirio de grandeza no se detiene en la joyería. Para darle un barniz de épica rancia al asunto, Machado le explicó a Trump que este gesto es la continuación del legado del marqués de Lafayette, quien le entregó a Bolívar una medalla de George Washington. Al parecer, en la narrativa de la "libertadora", Trump es nuestro Washington moderno y ella es la versión con mejores peinados de Lafayette, convirtiendo una reunión política en una función de teatro histórico de bajo presupuesto.
Es reconfortante saber que, mientras el mundo arde, nuestras figuras políticas se dedican a intercambiar chucherías doradas y a compararse con los padres de la patria, demostrando que la libertad no solo es un derecho, sino un accesorio de lujo que se entrega con dedicatoria.
enDOSminutos.com / Realidad irreverente
