En un despliegue de diplomacia de alto calibre, Donald Trump se prepara para recibir este jueves en la Casa Blanca a María Corina Machado, quien ahora ostenta el Premio Nobel de la Paz, un galardón que aparentemente se reparte con la misma alegría que los contratos petroleros tras una invasión. Machado, que tuvo que salir de Venezuela de forma clandestina con el "desinteresado" apoyo de Washington.
Lo más conmovedor de esta visita es que Machado decidió dedicarle su Nobel de la Paz a Trump, que acabó por ejecutar una operación militar para sacar a patadas a Nicolás Maduro y su esposa. Aunque Trump estaba "impaciente" por verla, ya ha dejado claro que no tiene ninguna intención de contar con ella para una transición política, demostrando que para Washington, Machado es útil para la foto, pero estorba en el despacho.
Tras una audiencia con el Papa León XIV —porque nada dice "derrota del mal" como la bendición de un pontífice tras un bombardeo—, la líder opositora asegura que el panorama es brillante. Pero no nos engañemos: el brillo no es de la democracia, sino del crudo. Trump ha señalado que el petróleo venezolano es el objetivo principal de Washington. Las prioridades de la "liberación" son claras: estabilizar el flujo de combustible, reorganizar las instituciones para que no molesten y, si sobra tiempo, evaluar si en algún futuro a alguien le importan las elecciones.
En resumen, Venezuela ha pasado de ser una "dictadura" a una sucursal corporativa donde Trump es el CEO y Machado la relacionista pública con un trofeo de Oslo.
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