El Centro Histórico ha vuelto a chocar, cual conductor ebrio, contra el mismo muro de siempre. Mientras los comerciantes establecidos denuncian con fervor el desorden, la saturación y las reglas disparejas, nuestra ilustre autoridad municipal responde con la tranquilidad: hay control, permisos en regla y diálogo permanente. Es el hermoso arte de la negación burocrática.
La contradicción es deliciosa: el centro está "rebasado", aunque la versión oficial solo contemple "refrendos". Es decir, la realidad nos dice que hay casi 200 puestos extra en temporada navideña, pero la oficina dice que el espacio público sigue siendo inexplicablemente suficiente. ¡Magia de la administración moderna!
Lo verdaderamente admirable de este modelo es la generosidad gubernamental al fomentar una economía de alto rendimiento y cero costo. En una economía "tan ahogada como estamos", el ambulante es el verdadero genio fiscal, ahorrándose el total de gastos fijos: nada de renta, ni luz, ni agua, ni el molesto Infonavit o IMSS. Es el sueño capitalista: ganancia total sin inversión fija.
Y lo mejor de todo es la protección total que reciben de nuestras autoridades. No es por altruismo, claro está; es porque este bendito desorden, año tras año, sirve a los intereses de partido, sin importar el color que toque.
Es un pacto cínico que garantiza que, mientras el ambulantaje goza de la ubicación perfecta, aquellos que "tienen voz" (los comerciantes formales) simplemente "no tienen vista". Una selectiva ceguera política que garantiza la paz electoral.
Cuando los aguafiestas de ACOCEN y CANACO piden "orden y seguridad", el súper-director de Mercados, Israel Díaz García, aviva el fuego acusándolos de querer "quitar hasta la Romería". ¡Qué osadía pedir reglas claras!
Todo se justifica bajo la premisa existencialista favorita del gobierno: "El sol sale para todos". Es el mantra perfecto para justificar los oídos que no escuchan y la ceguera oficial.
Así, mientras nos dejan en una gran desventaja total, podemos celebrar que el desorden que nos ahoga es el mismo que nos organiza políticamente. ¡Felicidades al caos que nos gobierna!
