Del "¿Y si sí' ", al no se pudo de cada cuatro años (pero con orgullo)

La ingenuidad colectiva en México es una máquina perpetua perfectamente engrasada que opera en dos frecuencias cronométricas exactas: la ...

La ingenuidad colectiva en México es una máquina perpetua perfectamente engrasada que opera en dos frecuencias cronométricas exactas: la de tres o seis años para la estafa político-electoral, y la de cuatro años para la humillación futbolística. En este maravilloso ecosistema de la desilusión nacional, cambiamos de verdugos con una alegría pasmosa: un día nos dejamos seducir por un candidato mesiánico que promete barrer la corrupción como si fuera basura, y al siguiente nos enamoramos perdidamente de un director técnico que jura tener la fórmula mágica para exorcizar el fantasma del "quinto partido".

El libreto del timo es idéntico y está ensayado hasta el cansancio para garantizar nuestra docilidad como masa. 

Cada tres o seis años en las campañas políticas, o cada cuatro en las vísperas mundialistas, el proceso de seducción es impecable. Nos embelesan con discursos redentores, nos saturan las pantallas con mercadotecnia identitaria, nos atrapan con la melancolía barata del "Cielito Lindo" o el histérico "Sí se puede", y nos empaquetan en la camiseta verde como un dispositivo de disciplinamiento que exige lealtad ciega antes que cerebro. Y justo cuando estamos en la cúspide del embeleso, creyendo que "esta vez sí es la buena", ¡pum!, nos cae encima el golpe seco de la realidad: la enésima subida a los precios de la canasta básica y la gasolina, las reformas que nos dejan peor que antes, o un ridículo monumental quedando eliminados.

Frente a este desfile interminable de promesas rotas e ilusiones desmanteladas, no es de extrañar el crudo diagnóstico histórico de nuestra sociedad: los mexicanos hemos sido tan sistemáticamente engañados por nuestros gobernantes y directivos que ya solo nos queda depositar la fe en dos instituciones: la Virgen de Guadalupe y la Lotería Nacional. El filósofo Samuel Ramos ya lo advertía con precisión quirúrgica al desmenuzar nuestra psicología colectiva; el mexicano arrastra un complejo de inferioridad tan agudo que necesita refugiarse en una máscara de optimismo ciego, exigiendo milagros basados en el "puro corazón" e implorando la suerte del azar, antes que evaluar fríamente los procesos y los desastrosos resultados.

Al final, la Guadalupana y el "cachito" de la lotería son los únicos protectores que nos quedan contra la frustración de nuestra realidad nacional. Por eso la afición adoptó con fervor de culto el desesperado lema de "¿Y si sí?", una pregunta que no exige planeación ni esfuerzo, sino que simplemente abraza la posibilidad mágica de que la suerte nos sonría por obra de la providencia divina, dispensándonos de la fatiga de pensar.

El eterno "ya merito" no es un accidente geográfico ni mala suerte; es un negocio extraordinariamente planificado para ser un éxito económico y un rotundo fracaso deportivo y social y los números de nuestra humillación histórica están grabados en piedra, aunque el folklore intente anestesiarlos con alcohol de baja calidad.

Presumimos de grandeza porque acumulamos muchas participaciones mundialistas, pero cargamos con el vergonzoso récord de ser el único país de ese selecto grupo de invitados frecuentes que jamás ha pisado una miserable semifinal. Vivimos atrapados en un bucle sadomasoquista que va desde los penales fallados en Monterrey 86 hasta el desastre de Qatar 2022 de la mano del Tata Martino y ahora en este mundial 2026 con Aguirre y con una selección que nos hizo creer que ahora sí era la buena...como cada cuatro años desde siempre.

Pero no se preocupen, estimados ciudadanos y consumidores. Mientras los oligopolios corporativos sigan facturando miles de millones de dólares vendiendo boletos impagables a la sufrida afición, y los gobernantes sigan usando sus encuestas de popularidad como sustituto de los resultados reales, la carpa del circo seguirá abierta. Prepárense para el próximo ciclo. Compren su jersey, vayan a votar con fe ciega, prendan su veladora a la Virgen, compren su billete de lotería y esperen sentados el próximo golpe seco. Después de todo, la ilusión es lo último que se pierde... y lo primero que se monetiza. Y tenemos que recordar que el Futbol es un negocio muy jugoso. Punto.

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