En un encomiable acto de masoquismo colectivo, más de 27 millones de peruanos fueron arrastrados a las urnas para elegir al que será su noveno presidente en apenas una década. Porque, aparentemente, cambiar de jefe de Estado con la misma frecuencia con la que se cambia de ropa interior es el nuevo deporte nacional. En esta ocasión, el menú electoral ofreció a los votantes el exquisito privilegio de elegir entre dos extremos ideológicos que garantizan el desastre: la derechista Keiko Fujimori y el izquierdista Roberto Sánchez.
Por un lado, tenemos a Keiko, de 51 años, quien en su cuarto intento desesperado por alcanzar la presidencia -tras fracasar estrepitosamente en 2011, 2016 y 2021- vuelve a invocar la nostalgia del autoritarismo paterno. Por el otro, se yergue Sánchez, de 57 años, orgulloso heredero político y exministro de Pedro Castillo, un genio de la estrategia que actualmente cumple 11 años y medio de vacaciones en prisión por intentar dar un autogolpe de Estado con la misma eficacia y planificación con la que un infante intenta robarse un dulce.
Y como a los peruanos les fascina prolongar la agonía, los resultados son un glorioso e infartante empate técnico. Mientras la ONPE ilusionaba a Fujimori dándole un 52,7% con apenas el 65% de las actas escrutadas, los aguafiestas del conteo rápido de Ipsos y Transparencia anunciaron que Sánchez lideraba por un ridículo 50,3% contra un 49,7%, a la espera de que el voto rural haga su magia.
Pero no teman, que esta tortura no terminará hoy. El Jurado Nacional de Elecciones (JNE), en un despliegue de burocracia sádica, ha anunciado que gracias al recuento de actas impugnadas no sabremos quién es el afortunado ganador hasta mediados de julio, apenas días antes del cambio de mando. ¡Semanas de pura paranoia y llanto democrático!.
Las reacciones no se hicieron esperar. Sánchez, asomado en un balcón en la plaza San Martín como si ya hubiera ganado la final del Mundial, decretó el fin del "pacto mafioso" y llamó a sus huestes a defender el voto con "serenidad". Keiko, desde la comodidad de un hotel limeño, le recordó al mundo que "no hay ningún ganador" y rogó a la comunidad internacional que vigile el conteo con "mucha fe".
Lo más fascinante de esta contienda es el impecable currículum judicial de ambos candidatos, que parece ser un requisito indispensable para gobernar el país. Fujimori logró postularse de milagro porque el Tribunal Constitucional, en un acto de extrema conveniencia, le archivó justo a tiempo su caso de lavado de activos de la trama Odebrecht tras su paso por la cárcel. Sánchez, para no quedarse atrás en esta competencia de prontuarios, fue notificado el mismísimo viernes antes de las elecciones de que podría ser juzgado por fondos de campaña no declarados entre 2018 y 2020. ¡Una oferta electoral que es la envidia de cualquier fiscalía!
En cuanto a sus propuestas, son una verdadera oda a la demagogia. Keiko promete "mano dura" y sacar al ejército a las calles para combatir los 30.000 episodios de extorsión que azotan al país, reviviendo el tierno fantasma de las violaciones de derechos humanos de la era de su padre. Sánchez, en un acto de transformismo que merece un premio Oscar, pasó de querer revisar contratos mineros a defender apasionadamente el libre mercado, la estabilidad macroeconómica y la autonomía del banco central justo antes de la votación. Eso sí, su promesa estrella sigue siendo liberar de la cárcel a su antiguo jefe, Pedro Castillo.
Al final del día, poco importa quién se siente en el sillón presidencial. Con un sistema de partidos fragmentado, un antifujimorismo feroz que rechaza la corrupción de los 90, y un anticastillismo que repudia la improvisación reciente, el verdadero ganador será la ingobernabilidad. El Congreso peruano, ese nido de inestabilidad y volatilidad donde nadie tiene mayoría, ya está afilando los cuchillos para ver cuánto tiempo tarda en destituir al nuevo mandatario.
Los jóvenes de la Generación Z están comprensiblemente exhaustos y no creen que ninguno de estos dos personajes traiga un cambio real. Pero que no pierdan la esperanza: al ritmo que devoran presidentes en Perú, seguramente podrán volver a las urnas para elegir al décimo presidente en unos cuantos meses.
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