El expresidente López Obrador, en su infinito afán de protagonismo y desde su falso retiro en Palenque, decidió que era un excelente momento para lanzar una cartita pública. Se supone que ya no manda y que la banda presidencial está en otros hombros, pero sigue queriendo mover los hilos del país, demostrando que su ego y su cinismo son mucho más grandes que su supuesta jubilación política.
Fiel a su rancia costumbre de inventar complots universales para hacerse la víctima, ahora sale con la desfachatez de asegurar que "funcionarios de Estados Unidos están tramando debilitar a Morena" para engordar a la oposición de derecha en México. Claro, porque en Washington no duermen pensando en cómo arruinar a su movimiento. Todo esto, según su infinita sabiduría conspiranoica, obedece a un oscuro trasfondo político y electoral de cara a los comicios de noviembre en aquel país.
Y en un acto magistral de "no me ayudes compadre", sale a darle su apoyo "sin condiciones" a Claudia Sheinbaum, perjurando que la mandataria ha actuado con "eficiencia, prudencia y respeto", y hasta la corona como “la mejor presidenta de México de nuestro tiempo”. ¿No se da cuenta que salir a defenderla desde la selva, como si fuera su tutor legal, solo la debilita y la deja en ridículo? Es el cinismo puro de un personaje que debería quedarse callado en este momento, pero que no puede resistir la tentación de seguir figurando.
Pero la verdadera joya de esta diatriba senil es su arrastrada sumisión hacia Donald Trump. Ahora resulta que el tabasqueño está "sorprendido" por el cambio de actitud del Presidente, recordando con nostalgia romántica aquel primer mandato donde juraban tenerse "respeto y cooperación" y no había conflictos. Presume, como si le debiera la vida entera, que el republicano le hizo el favorcito de regresarle al general Salvador Cienfuegos sin un rasguño, y le agradece haber tomado en cuenta su opinión para no clasificar a los cárteles mexicanos como terroristas. Según la retorcida excusa del exmandatario, ponerles esa etiqueta abriría la puerta a "violaciones a los derechos humanos" y acciones extraterritoriales.
Para coronar el circo, como él es incapaz de culpar, prefiere lavarle las manos a Trump y echarle la culpa de sus rabietas antimexicanas a las malas influencias de sus "asesores y colaboradores". Termina su patética y lacrimógena misiva rogando al cielo: “Por el bien de todos, que regrese el otro Trump”.
Definitivamente, el miedo no anda en burro: cuando la presión aprieta desde el norte, el gran "defensor de la soberanía nacional" termina de rodillas, implorándole a su viejo patrón que recapacite y vuelva a ser su compadre.
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