En un acto de crueldad inaudita que seguramente tiene a los directivos llorando sobre sus sacos de billetes, el gobierno mexicano ha osado sugerir que la gente común vuelva a usar trenes. Ante semejante atrocidad, la pobre y completamente indefensa ferroviaria Canadian Pacific Kansas City (CPKC) no tuvo más remedio que presentar una solicitud de arbitraje internacional contra el gobierno de la presidenta Claudia Sheinbaum. ¿El crimen? Intentar poner en marcha el capricho nostálgico de los trenes de pasajeros, un proyecto heredado del sexenio de Andrés Manuel López Obrador que, según la empresa, amenaza con profanar las sagradas inversiones que llevan haciendo desde finales de la década de los 90.
La pataleta legal, formalizada recientemente contra la Secretaría de Economía ante el Centro Internacional de Arreglo de Diferencias Relativas a Inversiones, invoca el gran escudo protector de las corporaciones: el Tratado Integral y Progresista de Asociación Transpacífico (TIPAT). La tragedia absoluta radica en que los trenes de pasajeros pretenden usar los derechos de paso en rutas que el entonces presidente Ernesto Zedillo les entregó en concesión. Todo esto, por supuesto, bajo la excusa noventera de "mejorar el servicio de transporte ferroviario". Y todos sabemos que la mejor forma de mejorar el servicio para los mexicanos es asegurándose de que el transporte de carga tenga el monopolio absoluto del paisaje.
Pero no se preocupen por la estabilidad emocional o económica de CPKC, que ellos mismos se han encargado de tranquilizarnos. En un comunicado que destila cinismo corporativo en su máxima expresión, la compañía canadiense aclaró que sus operaciones y su perspectiva financiera "no se ven afectadas por esta presentación", pero que demandan nada más para "preservar todos los derechos de CPKC". Básicamente: no nos duele el bolsillo, pero te arrastramos a tribunales internacionales por mero principio.
Y nosotros los aguascalentenses queremos hacer un tren bala turístico. ¿Y ahora?
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